*Muchas personas quedaron sepultadas bajo toneladas de rocas y lodo
*La historia de la familia Fajardo fue la de muchas ese día en Manzanillo
Hace 63 años, tiempo en que se verificó el mortal ciclón de categoría 5 Plus que azotó Manzanillo durante el mes de octubre, el día 27, para ser más específicos, una porteña adolescente quedó sepultada toda la noche bajo los escombros de roca y lodo del cerro que se desgajó sobre el barrio de La Pedregosa, uno de los barrios más golpeados por la tragedia en esa infausta fecha.
UNA VIVENCIA MARCADA CON FUEGO EN LA MEMORIA DE UN BARRIO PORTEÑO
Me refiero a Refugio Fajardo, quien quedó enterrada hasta el cuello, y viendo morir junto a ella a su tía Dolores Fajardo y a su primo Javier a poca distancia, pues estos no corrieron con su extraordinaria suerte, siéndoles imposible respirar por la presión sobre su tráquea y pulmones de toneladas de sedimentos que les cayeron de forma súbita.
Junto a los miembros de esta familia, muchos otros porteños vecinos de esta parte de la ciudad, corrieron una suerte parecida. Muchos fueron los cuerpos que, incluso, nunca pudieron ser rescatados para ser enterrados, y algunos que sí fueron sacados, se enterraron en la fosa común ante el peligro que se desatara una epidemia. Es por eso que no se sabe con exactitud a cuanto ascendió el número de víctimas de este desastre natural.
La historia nos la rescata su prima, Socorro Leticia Huerta Fajardo, quien a pesar de que al momento de aquel desastre natural contaba solamente con cinco años, asegura que fue tal el impacto emocional y psicológico con que la marcó esta tragedia, que el recuerdo se le quedó fijo en su memoria de una manera indeleble. Igual sucedió con todos aquellos que pasaron por esta experiencia dramática.
EL MANZANILLO DE ANTES DEL CICLÓN
Antes que nada, ella nos comparte sus recuerdos del Manzanillo de aquel tiempo, señalando que el puerto de antes del ciclón era muy diferente al actual, estando el mercado, de nombre Reforma, por la calle México, y siendo uno de los paseos más comunes de su familia el ir a El Playón y de ahí pasar al Rompeolas, como hacían otras muchas familias.
Uno de sus recuerdos principales era que había una señora que vendía tostadas de ceviche y chanfaina muy sabrosas por el viejo jardín, donde en su kiosco se vendía agua de coco. También se acuerda que en todo lo que era la calle Carrillo Puerto, a sus costados, había casas de madera endeble. Entre sus recuerdos de aquellos días estaba un perico famoso por ser muy hablador, que estaba en casa de las Zurita, frente a la casa de Aquileo Díaz Virgen.
En ocasiones también la llevaban a San Pedrito, que era un lugar más lejano. Recuerda que para eso subían a unas camionetas de servicio público, las cuales eran muy chistosas, diferentes a las que hoy conocemos, pues el chofer iba dentro de una casetita independiente.
En este medio de transporte la gente iba mucho a la playa de Salagua, entrando al balneario por las huertas, donde vendían cocos. Una de las diversiones favoritas ahí era caminar por el manglar y llegar al río. Todos los porteños parecían vivir en un paraíso, en un sueño idílico, y nadie podría haberse imaginado entonces, la tragedia que se cernía sobre ellos.

Los daños del ciclón del 59 fueron catastróficos.
COMPARTIENDO MEMORIAS DOLOROSAS Y PERSONALES
“Aquel 27 de octubre, de infausta memoria, nadie sabía del ciclón en mi familia. Empezó a llover muy fuerte y bonito, sin aire. Mi mamá me dijo: Esto no me gusta. Presintió algo. Esto fue a las 9 de la noche aproximadamente. Como a las 10 y media la lluvia arreció junto con vientos cada vez más potentes. Recuerdo que tocaban las campanas del templo y los barcos pitaban.
Había vientos, truenos, rayos y hasta parecía que temblaba la tierra. Nosotros vivíamos en la calle Carrillo Puerto, en una casita de capuchino, tablas, láminas y tejas, por lo que nos pasamos a la casa de Don Felipe Guzmán, que era una construcción de material sólido, que estaba en la parte de abajo, donde era una bodega, y ya no salimos. Recuerdo que había un ruido espantoso llenando el ambiente.
Mi tía, Doña Dolores Fajardo, vivía en La Pedregosa junto a su hijo Javier, y esa noche estaba con ellos mi prima Refugio, quien quedó enterrada al derrumbarse el cerro sobre ellos; pero no murió, la sacaron al otro día en cuanto se calmó el viento y aclaró. Los otros dos familiares nuestros murieron y no hallaron los cadáveres hasta los dos años.
Refugio Fajardo estuvo consciente y viendo todo lo que pasaba alrededor, totalmente aterrorizada. Entre todo, pudo oír por mucho tiempo las voces de su tía y su primo pidiendo auxilio, pues estaban enterrados igual que ella; pero no podía ir en su auxilio. Después ya no oyó nada, porque ya habían fallecido.
Cuando la sacaron, estaba muy traumada y también se encontraba totalmente raspada, por lo que tuvieron que hacerle muchas curaciones, terapias y tratamientos para que pudiera recuperarse, pero el daño que no se le quitó fue el psicológico.
Nuestra casa se cayó. En la mañana en que se abrió la bodega en que estábamos resguardados, vimos muertos en la correntada, y parecía que se iba a acabar el mundo. La gente gritaba y lloraba. Era algo muy impactante de verdad.
Fuimos al playón a recoger comida que estaba entregando el ejército. A mí, por verme una niña, me dieron una caja de galletas de animalitos y un vestido. Ninguna tienda local vendía, ni tampoco había dinero para comprar. Nuestra casa era rentada, por lo que nos fuimos a vivir con una tía, Rebeca, mientras arreglaban, y luego volvimos a vivir ahí.
Después del ciclón cambio mucho Manzanillo, lo empezaron a arreglar. Se acabaron las casas de madera, tanto pobres como elegantes, por su inseguridad ante los meteoros. Se probó por la experiencia que era peligroso vivir en ellas, a pesar que eran frescas y bonitas. En la México sólo quedó una o dos cuando mucho, como la de Don Ramiro Aguayo. “Me fui de Manzanillo hace 26 años y ahora vivo en Guadalajara”.
MUCHAS HISTORIAS POR DESENTERRAR
Esta es una historia de tantas, representativa, ilustrativa de lo que pasó en especial en el barrio de La Pedregosa, donde la desgracia se cebó merced al desgajamiento del cerro del Sector 3, que enterró vivas a muchas personas, algunas de ellas cuyos cuerpos nunca pudieron ser encontrado o identificados; pero también hubo historias de sobrevivencia milagrosa, increíble, sorprendente, así como personas que ayudaron a otras arriesgando sus vidas.
La mayoría de estos hechos están en el anonimato, pues son muchas las historias que perviven en los barrios y colonias, en muchas familias. Pero, Manzanillo se levantó. Se puso en pie diferente, más fuerte y consciente de los peligros que enfrenta por su posición geográfica, que por un lado le hace privilegiado, pero que también le enfrenta a riesgos latentes que hay que considerar siempre.

Ríos corrían por las calles de lodo, rocas y piedras.